Existe una idea muy extendida culturalmente que nos hace creer que el estado emocional ideal es un estado plano, estable y constante. Como si estar “bien” significara no moverse demasiado emocionalmente hacia ningún lado.
Pero la realidad humana no funciona así. Y mucho menos en las personas altamente sensibles.
Las PAS solemos vivir los estados emocionales de manera intensa y cambiante. Nuestro sistema nervioso capta más estímulos, procesa más información y responde con mayor profundidad a lo que ocurre dentro y fuera de nosotras. Esto hace que, en ocasiones, experimentemos oscilaciones emocionales importantes: momentos de bajada, cansancio o apatía, y también momentos de gran entusiasmo, conexión, inspiración o euforia.
Generalmente, entendemos bastante bien la necesidad de regularnos cuando el ánimo cae hacia abajo. Cuando estamos tristes, agotadas o emocionalmente colapsadas, solemos reconocer que necesitamos parar, cuidarnos o pedir ayuda. Ese malestar resulta incómodo y activa nuestros recursos de cuidado.
Sin embargo, hay una parte mucho más normalizada y, precisamente por eso, más peligrosa: los picos hacia arriba.
Cuando estamos excesivamente activadas, hiperconectadas, llenas de energía o “enchufadas” a la vida, muchas veces interpretamos ese estado como algo necesariamente positivo. Pero no siempre lo es.
A veces, detrás de esa exaltación, hay un sistema nervioso sobreactivado.
En esos momentos podemos hablar más rápido, dormir menos, tomar decisiones precipitadas, asumir demasiadas cosas a la vez o sentir una especie de aceleración interna difícil de sostener en el tiempo. Después, cuando el sistema se regula, puede aparecer el agotamiento, la culpa o incluso el arrepentimiento por decisiones tomadas desde ese estado de activación.
Cuando no conocemos bien este patrón, incluso podría confundirse con algo parecido a un episodio hipomaníaco. Por eso es tan importante aprender a diferenciarlo y comprender qué nos está ocurriendo internamente.
Regular el sistema nervioso no consiste únicamente en salir de los estados de tristeza o ansiedad. También implica aprender a reconocer cuándo nos estamos alejando demasiado de nuestro centro, aunque lo que sintamos parezca agradable o expansivo.
Una herramienta que suelo proponer es encontrar una palabra que defina el estado interno en el que la persona se siente realmente bien consigo misma. No un estado perfecto, sino un lugar habitable y seguro dentro de sí.
Esa palabra puede ser: calma, paz, tranquilidad, equilibrio, presencia, serenidad…
La clave está en observar cuándo nuestro organismo empieza a alejarse demasiado de ese lugar, ya sea hacia abajo o hacia arriba. Y, desde ahí, poner en marcha recursos de regulación que nos ayuden a volver a casa.
Porque cuidar del sistema nervioso no es apagar nuestra intensidad.
Es aprender a sostenerla sin perdernos en ella.
0 Comentarios